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Democracia e industria de reuniones: ¿la practicamos o la presumimos?

Opinión | 07/11/2026| 19:09

Eduardo Chaillo

Nos gusta hablar del poder de las reuniones para acercar posiciones, conectar culturas y construir acuerdos. Defendemos el encuentro como una oportunidad para escuchar a quienes piensan distinto. Pero, cuando elegimos dirigentes, decidimos la sede de un congreso o definimos el rumbo de un destino, ¿qué tan dispuestos estamos a practicar esos principios?

La democracia también se juega en nuestra comunidad profesional: en las asociaciones, los consejos directivos y los espacios donde se distribuyen recursos y responsabilidades. Ahí se representa a una comunidad y se determina quién tiene posibilidades reales de influir.

Votar es parte del ejercicio, aunque celebrar elecciones no resuelve todo. Importa quién puede competir, qué información reciben los miembros y cómo rinden cuentas los elegidos. También debemos revisar nuestro propio voto: ¿nos mueve un proyecto, una amistad o la idea de que “ya le toca” a determinada persona o región? Las relaciones son esenciales en esta industria, pero no deberían sustituir la evaluación de capacidades y propuestas.

Las desviaciones pueden resultar familiares. El dirigente que siempre encuentra motivos para reelegirse; la asociación cuya selección de sede termina acomodándose a las preferencias del presidente; la consulta que llega cuando todo está decidido. También están los acuerdos entre unos cuantos, fuera de los espacios formales, que después se presentan como decisiones colectivas. La cercanía y los años de participación merecen reconocimiento, pero no otorgan derechos de propiedad sobre una organización.


En los destinos surge otra pregunta: ¿qué capacidad de iniciativa tiene una comunidad cuando todo debe consultarse con el secretario en turno? Si hoteles, recintos, universidades y asociaciones necesitan autorización para cada paso, desaprovechamos conocimiento y experiencia. El liderazgo público aporta mucho cuando convoca y articula; concentrar todas las decisiones convierte a los demás en espectadores y compromete la continuidad ante cada cambio de administración.

Tampoco podemos reunirnos indefinidamente hasta que todos estemos de acuerdo. Invocar el consenso puede servir para evitar responsabilidades. Exigir unanimidad, reabrir asuntos resueltos o conceder a cada integrante poder de veto paraliza a cualquier organización. Participar garantiza el derecho a expresar una posición y que sea considerada seriamente; no garantiza que siempre prevalezca.

En un consejo directivo deben caber los cuestionamientos, las alternativas y los votos en contra. Quien preside necesita escuchar objeciones sin interpretarlas como deslealtad. Quienes integramos la mesa debemos prepararnos y atrevernos a señalar lo que consideramos equivocado. Una mesa donde nadie cuestiona puede parecer armoniosa y estar tomando decisiones muy pobres.

Pero, una vez seguido un proceso legítimo y tomada una decisión por mayoría, al salir del salón todos debemos defender el rumbo acordado. Perder una votación no autoriza a desacreditar compañeros, obstaculizar la ejecución o construir agendas paralelas. Podemos conservar reservas y solicitar revisiones por los canales correspondientes, mientras asumimos la responsabilidad colectiva. Por supuesto, esto nunca obliga a encubrir ilegalidades o faltas éticas. Libertad para disentir dentro; responsabilidad para sostener lo acordado fuera.

Esa madurez también se demuestra al dejar el cargo. Aceptar que nuestro mandato termina y preparar relevos forma parte del liderazgo. Si todo se desmorona cuando alguien se va, debemos preguntarnos qué tan sólida es la organización que construimos.

Lo mismo aplica al elegir una sede: la popularidad de un destino o la cercanía con sus promotores no reemplazan una evaluación técnica, financiera y operativa. Quienes deciden deben conocer los criterios, declarar posibles conflictos de interés y explicar cómo la elección responde a los objetivos de su comunidad.

La democracia es inherente a lo que hacemos como industria: reunimos personas para intercambiar conocimiento, contrastar perspectivas y construir caminos compartidos. Esa vocación debe reflejarse en nuestros encuentros. ¿Escuchamos voces distintas? ¿Los jóvenes pueden influir o solamente aparecen en la fotografía? ¿Damos espacio a preguntas incómodas? La forma de organizar una conversación revela cuánto valoramos la participación.

Me incluyo en estas preguntas. He participado desde el gobierno, los destinos, las asociaciones y la empresa. En cada posición cambian las presiones y aparece la tentación de creer que nuestra experiencia basta para saber qué conviene a los demás. Por eso necesitamos reglas claras, contrapesos, responsabilidades y compañeros capaces de cuestionarnos.

La próxima vez que defendamos el poder transformador de reunir personas, preguntémonos cuánto estamos dispuestos a compartir la voz, aceptar un resultado adverso y entregar el mando. Ahí también se demuestra nuestro compromiso con la democracia.

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