
Pisarle los talones a la India por primera vez es, de entrada, una colisión frontal con los sentidos. Si además de ser una viajera novata en estas tierras vienes cargada con el calor, la calidez y el ruido del carácter mexicano, el choque cultural no se asimila: se padece, se celebra y se guarda en la memoria para siempre.
Aprender qué se siente al cruzar el umbral del subcontinente indio como mujer mexicana requiere bajar las expectativas de las películas de Bollywood y abrazar la intensidad del terreno.
EL PRIMER IMPACTO: EL CAOS QUE RESPIRA
Vienes de México, un país vibrante, lleno de colores, bocinazos y mercados abarrotados, así que piensas que estás lista. Pero la India sube el volumen a todos los canales. El tráfico no es una fila de autos; es una sinfonía de cláxones donde las vacas sagradas, los tuk-tuks, las motos y los peatones coexisten en un flujo hipnótico.
Al bajar del avión, en mi caso en Mumbai, el aire te envuelve con un golpe denso de especias, incienso, humedad y tierra. Te das cuenta de que aquí nada es neutro: o amas el lugar en el segundo uno, o quieres abrazar la primera maleta para volver a casa.
Para una mujer mexicana, acostumbrada a lidiar con el machismo cotidiano en casa, el tipo de atención en la India tiene un matiz distinto, sobre todo si viajas sola o en grupos pequeños.
No te asustes si sientes que eres un objeto de curiosidad. Mucha gente -en especial en zonas turísticas- te mirará fijamente o incluso te pedirá una fotografía. La clave está en distinguir entre la curiosidad genuina y la incomodidad.
Nosotras, las mexicanas, presumimos de comer picante. Creemos que dominamos el chile. Pero probar el auténtico masala o un curry callejero en la India es graduarse con honores en resistencia gástrica.
El primer par de días tu estómago pedirá clemencia. La regla de oro es implacable: agua únicamente embotellada
Cuando encuentres un buen chai caliente por diez rupias en la esquina, entenderás que la adicción culinaria a este país no tiene cura.
Hay algo curioso que le pasa a la mujer mexicana en la India: a pesar del abismo geográfico, encuentras espejos por todos lados. Las familias son igual de nucleares y escandalosas que las nuestras, el culto a la madre y a las deidades femeninas tiene una fuerza abrumadora, y la devoción por los colores vivos en los mercados te recordará vagamente a un tianguis de Puebla, Oaxaca o la Merced, solo que multiplicado por mil.
Las mujeres indias -con sus saris deslumbrantes, su fuerza silenciosa y sus risas cómplices en los vagones exclusivos de mujeres del metro o en los trenes nocturnos- te mirarán con una solidaridad inmediata cuando ven que andas descifrando el mapa igual que ellas.
La India no es un viaje de descanso; es una prueba de resistencia espiritual. Habrá momentos de agotamiento supremo frente al acoso de algún vendedor persistente, la humedad extrema, el ruido acumulado en las calles, o el caos de una estación de tren. Pero luego el atardecer cae sobre el río Ganges en Varanasi, o te detienes frente al Templo Dorado en Amritsar, y el ruido se apaga.
Vuelves a México cambiada. Con la piel oliendo a sándalo, los sentidos dilatados, los ojos enamorados de unos terciopelo, y la certeza de que si pudiste sobrevivir y disfrutar la impredecible ritmo de la India siendo mujer, ya puedes atravesar cualquier tormenta que se te ponga enfrente.
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