En dos años, Yucatán abrió la segunda puerta de México a Norteamérica
Por Víctor José López Martínez

Desde Yucatán, los puertos de Houston, Galveston, Tampa y Miami quedan a menos de dos días de navegación. Ningún otro punto del territorio mexicano mira de frente, por mar, a las costas de Texas y de Florida. El primero de octubre se cumplieron dos años del gobierno de Joaquín Díaz Mena en Yucatán, y antes de escribir una línea más debo decir que participo de ese proyecto y que escribo desde dentro. Por eso mismo me interesa menos el recuento de lo hecho que la pregunta que esos dos años dejan abierta: ¿qué región se está fundando en esta orilla y para quién?
Norteamérica tiene dos geografías. La primera es terrestre, corre por Laredo y por las carreteras del Bajío, y lleva tres décadas de construcción paciente; es la que el mundo reconoce cuando piensa en la integración de México con Estados Unidos y Canadá.
La segunda es marítima y apenas comienza a tomar forma. En la costa estadounidense del Golfo se concentran hoy las refinerías, la petroquímica, los grandes puertos de contenedores y los astilleros de nueva generación, entre ellos uno de 3,200 millones de dólares en Brownsville. Energía, logística e infraestructura pesada: los tres destinos que el capital de largo plazo está eligiendo en el mundo coinciden en un mismo litoral. El centro de gravedad industrial de la superpotencia está bajando hacia el agua, y el Golfo de México vuelve a ser lo que su forma siempre sugirió: el mar interior de tres economías.
Las regiones se fundan. El Rin hizo a Rotterdam cuando los holandeses decidieron que el río merecía un puerto a su medida; Singapur convirtió un estrecho en un país; el sur de Estados Unidos pasó de periferia agrícola a cinturón industrial en una generación. En todos los casos coincidieron una geografía favorable, infraestructura pesada y una decisión política sostenida durante más tiempo del que dura un gobierno.
Ortega y Gasset pensaba que los pueblos se constituyen en torno a un proyecto sugestivo de vida en común, y la idea vale también para las regiones. La del Golfo tiene una orilla norte en plena obra y todavía carece de un relato que la abarque completa. La orilla sur llega a ese encuentro con el suyo, y se llama Renacimiento Maya: la convicción de que un pueblo con tres mil años de historia puede volver a ser centro, y de que la infraestructura es la forma contemporánea de hacerle justicia. Es un proyecto sugestivo en el sentido exacto de Ortega, porque convoca por lo que propone hacer juntos y no se agota en lo que ya se hizo.
Lo ocurrido en Yucatán en estos dos años se entiende mejor bajo esa luz. El Puerto de Altura de Progreso vive un programa de expansión de más de 12,500 millones de pesos en tres etapas, y la secuencia importa tanto como la cifra. El estado puso primero 1,630 millones de pesos de sus propios recursos para llevar el canal de navegación a 13.30 metros de profundidad.
Después llegó el capital privado: SSA Marine, compañía del portafolio de Blackstone, invierte 948 millones de pesos en la ampliación de su terminal. Y la Federación, a través de la Secretaría de Marina, construye las plataformas que sumarán 80 hectáreas y triplicarán la superficie del puerto.
La Presidenta Claudia Sheinbaum incorporó el sureste al mapa industrial del país con el Plan México, y el Gobernador está abriendo al mismo tiempo las cuatro llaves que una región necesita para desarrollarse: energía firme, gas natural, un puerto de clase mundial y un ferrocarril de carga, este último con una inversión federal de 25 mil millones de pesos para 56.7 kilómetros de vía nueva que enlazan la línea de carga del Tren Maya con la zona de Progreso. Cada una de esas piezas es condición de la siguiente. Juntas forman una plataforma, y una plataforma se construye para lo que viene.
Lo que viene es un Yucatán con una influencia regional de otra escala. Con energía firme y gas suficiente, la manufactura que hoy se concentra en el norte y en el Bajío encuentra un segundo territorio. Con el puerto y el ferrocarril de carga, la producción del sureste sale al mundo por su propio mar, y la agroindustria peninsular alcanza los mercados de Texas y de Florida en menos de dos días.
Con 80 hectáreas nuevas junto al muelle llegan los servicios marítimos que toda costa en auge demanda, y con ellos una industria naval que México nunca ha tenido a escala mundial: reparación y mantenimiento de los buques que trabajan en el Golfo, con las 50 industrias que esa actividad arrastra. El talento se está formando al mismo paso que la obra. Yucatán abrió cuatro nuevas universidades públicas. La especialización técnica florece cuando existe una industria que la demanda, y por eso las aulas se construyen como parte fundamental del proyecto. Todo esto, en dos años.
Yucatán ya vivió una vez de cara al norte. Sus puertos crecieron embarcando el henequén, y con el hilo de esa fibra las segadoras mecánicas ataron durante medio siglo las cosechas de las grandes llanuras estadounidenses. La península formó parte de la economía norteamericana mucho antes de que existiera tratado alguno, y de aquella experiencia quedaron una lección y una advertencia. La lección es que la geografía de Yucatán conduce al Golfo con naturalidad.
La advertencia es que una integración sostenida en un solo producto y concentrada en pocas manos puede enriquecer a una región entera sin mejorar la vida de quienes la trabajan. La que ahora se construye tiene otros cimientos: infraestructura pública que permanece, el pueblo como protagonista y una base productiva diversa, con energía, logística, manufactura e industria.
Las regiones tienen autores. La geografía de Yucatán estuvo siempre ahí, lo mismo que los estudios que durante décadas recomendaron el puerto y el tren, y en octubre de 2024 llegó la decisión. El Gobernador Joaquín Díaz Mena resolvió en sus primeros meses comprometer recursos del estado en el canal de navegación, antes de que hubiera un peso de otra fuente, convencido de que el capital privado y la Federación acompañan a quien cumple primero.
Los hechos le dieron la razón. Encontró en la Presidenta Claudia Sheinbaum a una aliada decidida del sureste y alineó el proyecto de Yucatán con el Plan México. Ganó la confianza de la Secretaría de Marina con obra entregada y verificada. Puso al estado en la conversación de los fondos internacionales y de los organismos empresariales del país. Abrir todos los frentes a la vez exige visión, y sostenerlos exige carácter. En dos años, el Gobernador le dio a Yucatán una ventaja de tiempo que en la competencia entre regiones vale tanto como la geografía, y le dio a México una propuesta propia para el Golfo, con calado, hectáreas y calendario.
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Queda responder la pregunta del principio. La región que se está fundando es el Golfo de México entendido como un solo espacio económico de Norteamérica, con una orilla industrial al norte y, por primera vez, una orilla mexicana al sur con la infraestructura para tratar con ella de igual a igual. Se funda para el pueblo de Yucatán, que tendrá en su propia tierra el empleo calificado que por generaciones buscó fuera. Se funda para el sureste, que obtiene su plataforma de desarrollo; para México, que suma a su frontera terrestre una segunda puerta hacia sus socios; y para Norteamérica, que encuentra en esta certeza, capacidad y una visión.
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