Opinión

No juzgamos a las personas. Juzgamos las vidas que no nos atrevemos a vivir

IMPACTO EN LOS NEGOCIOS. POR: MARIO ELSNER.

Opinión | 11/08/2026| 19:54

Hace unos días acompañé a mi esposa y a mi hija a Plaza Galerías porque querían comprar ropa para el gimnasio. Después de entrar a las primeras tiendas entendí que aquella búsqueda podía durar bastante más de lo que yo imaginaba, así que decidí hacer lo que probablemente habría hecho cualquier hombre en mi lugar: salir a caminar mientras ellas seguían comparando modelos, colores y tallas con una paciencia que yo nunca he tenido para comprar ropa.

Recorrí la plaza sin un rumbo específico, mirando aparadores, familias cargadas de bolsas y niños que corrían entre la gente como si el centro comercial fuera un parque de diversiones. Después de varios minutos terminé frente a la pista de hielo y me recargué sobre el barandal simplemente para dejar pasar el tiempo. Desde ahí podía verse una cafetería al otro lado del pasillo y fue justo ahí donde algo llamó mi atención, aunque en ese momento todavía no sabía exactamente qué era.

Junto a una de las ventanas había un hombre sentado completamente solo. Era delgado, llevaba una gorra oscura y tenía frente a él una taza de café. Un mesero apareció unos instantes después con una rebanada de pay de queso, la colocó sobre la mesa y se alejó. El hombre esperó unos segundos antes de probar el primer bocado y comenzó a comer con una tranquilidad que contrastaba con todo lo que ocurría alrededor. Mientras la plaza seguía moviéndose al ritmo habitual de un domingo, él parecía vivir en un tiempo distinto, uno donde no existía la urgencia de llegar al siguiente lugar ni la necesidad de llenar cada segundo con alguna actividad.

Permaneció ahí durante varios minutos sin sacar el teléfono, sin revisar mensajes y sin buscar algún pretexto para distraerse. De vez en cuando levantaba la vista y dejaba descansar la mirada en algún punto del pasillo, como quien disfruta observar a la gente sin sentirse obligado a participar en el movimiento de todos los demás. Incluso hubo un par de ocasiones en las que sonrió ligeramente, no porque alguien hubiera llegado a saludarlo ni porque estuviera leyendo algo divertido, sino porque parecía encontrarse perfectamente cómodo en su propia compañía.

Mientras seguía observándolo ocurrió algo que, pensándolo bien, nos sucede con mucha más frecuencia de la que estamos dispuestos a reconocer. Dejé de mirar a la persona que tenía enfrente y empecé a construir una historia sobre ella. Primero imaginé que probablemente no tenía nada mejor que hacer un domingo. Después pensé que quizá estaba esperando a alguien que nunca llegó. Más tarde terminé convenciéndome de que seguramente era una persona solitaria, de esas que terminan acostumbrándose a hacer todo por su cuenta porque ya no tienen con quién compartir una comida o una conversación.


Lo inquietante no fue haber pensado todo eso. Lo verdaderamente incómodo fue descubrir que ninguna de esas conclusiones tenía el menor sustento. No conocía su nombre, no sabía a qué se dedicaba, ignoraba si estaba casado o tenía hijos y tampoco tenía idea de cómo había sido su semana. Lo único que realmente sabía era que estaba sentado frente a una taza de café y una rebanada de pay de queso. Todo lo demás había salido de mi imaginación, aunque durante algunos minutos lo sentí tan cierto como si alguien me hubiera contado su historia.

Seguí observándolo y poco a poco empecé a hacerme preguntas que ya no hablaban de él, sino de mí. ¿Por qué me haía parecido extraña una escena tan simple? ¿En qué momento una persona disfrutando de un café sin hacer absolutamente nada comenzó a parecerme alguien fuera de lo normal? ¿Qué clase de ideas había acumulado durante tantos años para que la tranquilidad de un desconocido despertara más sospechas que admiración?

La respuesta apareció sin hacer ruido. Aquella incomodidad no nacía de lo que él estaba haciendo; nacía de todo aquello que yo había aprendido sobre cómo se supone que debe vivir una persona productiva. Durante años escuché que el tiempo debía aprovecharse, que descansar había que merecerlo y que una agenda llena era casi una medalla de honor. Sin darme cuenta terminé asociando el valor personal con la capacidad de estar permanentemente ocupado, como si detenerse un momento fuera una forma de desperdiciar la vida.

Quizá por eso seguía mirando a aquel hombre con tanta atención. No creo que realmente lo estuviera juzgando. Viéndolo en retrospectiva, creo que lo que sentía era algo mucho más difícil de admitir. Sentía envidia. No del café, ni del pay de queso, ni siquiera del domingo que parecía estar disfrutando. Envidiaba la serenidad con la que ocupaba su propio tiempo, la facilidad con la que podía estar consigo mismo sin sentir la necesidad de demostrarle nada a nadie.

Mientras caminaba de regreso pensé que esa misma forma de mirar a las personas aparece todos los días dentro de las organizaciones. Con una facilidad sorprendente suponemos que quien no quiere convertirse en gerente carece de ambición, que quien protege sus fines de semana está menos comprometido que los demás o que quien habla poco tiene problemas para relacionarse. Nos cuesta aceptar que existen muchas maneras de trabajar bien, de construir una carrera y de encontrar satisfacción profesional porque, casi sin darnos cuenta, terminamos usando nuestra propia historia como la única regla válida para interpretar la historia de los demás.

Quizá ahí está una de las trampas más silenciosas del liderazgo. No solemos dirigir a las personas como realmente son; muchas veces las dirigimos a partir de las ideas que heredamos sobre cómo deberían comportarse. Cuando eso ocurre dejamos de descubrir talento y empezamos a fabricar copias de nosotros mismos, premiando a quienes se parecen a nuestra manera de trabajar y corrigiendo a quienes simplemente eligieron una forma distinta de vivir.

Antes de reunirme otra vez con mi esposa y mi hija crucé la plaza y entré a aquella misma cafetería. Pedí un café frío, elegí una mesa desde la que podía ver el mismo pasillo y, por primera vez en mucho tiempo, dejé el teléfono guardado en el bolsillo. Descubrí que permanecer sentado sin hacer nada durante media hora era bastante más difícil de lo que había imaginado y entendí que aquel desconocido, sin pronunciar una sola palabra, acababa de regalarme una lección que probablemente recordaré durante muchos años.

Desde ese domingo intento detenerme un momento cada vez que estoy a punto de etiquetar demasiado rápido a una persona. No siempre lo consigo, pero al menos ahora sé que muchas veces el juicio dice mucho menos del otro y mucho más de quien está mirando. Y quizá esa sea una de las formas más incómodas -y también más necesarias- de empezar a ejercer el liderazgo.

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