Opinión

Yucatán estrena la primera bienal internacional de arte de México

Visión Compartida. Por: Víctor José López Martínez.

Opinión | 26/10/2026| 06:59

Víctor José López Martínez

El 26 de noviembre abre en Mérida y Maní la Bienal de Yucatán, la primera bienal internacional de arte contemporáneo de gran escala que se organiza en México: 76 artistas de todo el mundo, 16 sedes, tres meses de exposiciones y entrada libre hasta el 28 de febrero.

Este viernes el gobernador Joaquín Díaz Mena la presentó en la Casa de Yucatán en México, sede de la Representación del Gobierno del Estado en la capital del país, ante patronos, museos, coleccionistas y cuerpo diplomático; veinticuatro horas después, la Orquesta Sinfónica de Yucatán tocó en el Palacio de Bellas Artes. Vale la pena detenerse en lo que esas dos noches significan, porque anuncian un cambio de lugar en el mapa cultural de México.

Durante un siglo ese mapa se dibujó desde el centro. Las grandes exposiciones, las orquestas, los museos que reciben al mundo han estado en la Ciudad de México, y las regiones han sido, con honrosas excepciones, el lugar de donde viene el patrimonio y no el lugar donde se produce el presente.

Yucatán ya ocupaba un sitio único en esa geografía: Chichén Itzá es el sitio arqueológico más visitado del país, Mérida ha sido dos veces Capital Americana de la Cultura, y la lengua maya la hablan todavía más de medio millón de yucatecas y yucatecos, según el INEGI. Lo que faltaba era que el mundo viniera a Yucatán a ver lo que Yucatán crea hoy, y eso es exactamente lo que una bienal produce.


La Bienal se llama Vocal y tiene a la lengua como territorio. La dirige Catherine Petitgas, la cura Abraham Cruzvillegas, uno de los artistas mexicanos con mayor reconocimiento internacional, y la respaldan Fomento Cultural Banamex, la Fundación La Cúpula y el Museo Jumex, que presenta en la Ciudad de México una exposición paralela.

Desde el primer día la acompaña la Secretaría de Cultura y las Artes del Gobierno de Yucatán, encabezada por Patricia Martín Briceño, con el compromiso que el Gobernador expresó en la presentación de sostener las ediciones de 2028 y 2030, porque las instituciones culturales que valen la pena se miden en décadas, como se midió Venecia desde 1895 y São Paulo desde 1951.

Entre los participantes están Yoko Ono, Teresa Margolles, Rirkrit Tiravanija, Minerva Cuevas, Óscar Murillo y Wael Shawky, y junto a ellos creadoras y creadores yucatecos y mayahablantes que por primera vez comparten muro con los grandes nombres del arte mundial en su propia tierra.

Esa convivencia, en la Casa de la Cultura del Mayab, en la Casa de Montejo, en el Centro Cultural Olimpo y en el convento de Maní, es la definición práctica de un centro cultural: el lugar donde lo local y lo universal se miran de frente.

Maní merece una línea aparte. En 1562, en el atrio de su convento, se quemaron los códices mayas, la memoria escrita de una civilización que había medido el cielo con una precisión sin rival en su tiempo. Que una bienal dedicada a la lengua tenga ahí una de sus sedes, 464 años después, es un acto de justicia que ningún decreto habría podido ordenar. Lo decidió el arte, y por eso tendrá la fuerza que tendrá.

El sábado, a unas cuadras de donde se presentó la Bienal, la Orquesta Sinfónica de Yucatán tocó ante un Palacio de Bellas Artes lleno la Sinfonía de las Américas de Daniel Ayala Pérez, a 120 años de su nacimiento en Abalá, bajo la batuta de su director titular, Alfonso Scarano, y el público la despidió de pie, con una ovación.

Fue la primera vez que la orquesta de Yucatán interpreta en Bellas Artes la obra de un compositor yucateco, y el detalle importa, porque Ayala fue alumno de Silvestre Revueltas, violinista en la orquesta de Carlos Chávez e integrante del Grupo de los Cuatro con Moncayo, Galindo y Contreras; es decir, uno de los fundadores de la música mexicana del siglo XX, y era mayahablante.

Detrás de esa noche hay un trabajo sostenido que merece reconocerse: el del Patronato que desde 2001 hizo posible que Yucatán volviera a tener orquesta, y el de Pablo Maya, director general del Fideicomiso Garante de la Sinfónica, que ha llevado a la agrupación a una etapa de madurez artística y de proyección fuera del estado.

Una orquesta estatal que lleva al recinto mayor del país la obra de un compositor de su propia tierra, y lo llena, está diciendo algo preciso: Yucatán tiene un canon propio y tiene con qué interpretarlo.

La Cuenta Satélite de la Cultura del INEGI registra que la música y los conciertos fueron el área de mayor crecimiento del sector cultural mexicano en 2024. Yucatán lleva años construyendo justamente ahí, con su Sinfónica, su Palacio de la Música y una escena de festivales que ocupa el calendario completo.

Nada de esto es ornamento. El Renacimiento Maya, el proyecto que guía al Gobierno de Yucatán, tiene tres dimensiones, y la cultura atraviesa las tres. Es civilizatoria porque gobernar desde la propia herencia exige que esa herencia esté viva y en conversación con el mundo, y una bienal es la forma más exigente de esa conversación.

Es territorial porque una ciudad que entra al circuito de las bienales entra también al circuito de quienes viajan, estudian, coleccionan y deciden dónde vivir; durante tres meses, Mérida y Maní recibirán a curadores, museos y públicos de todo el mundo, y una parte de ellos se quedará con la idea de volver.

Y es social porque la Bienal tendrá entrada libre en sus 16 sedes y un programa de mediación que llegará a escuelas, barrios y comunidades del interior donde nunca ha entrado una obra de arte contemporáneo mundial. Yucatán ya vivió una era de esplendor, la del henequén, y la perdió porque fue de pocos. Esta vez la cultura se abre a todos desde el primer día.

Un centro cultural no se decreta; se gana cuando el mundo empieza a viajar para ver lo que un lugar crea. Con una civilización viva, el sitio arqueológico más visitado del país, una orquesta que llena Bellas Artes con su propio repertorio y la primera gran bienal internacional de México, Yucatán reúne lo que ninguna otra región reúne.

El 26 de noviembre Mérida y Maní se convierten en el lugar al que hay que ir, y a partir de ahí el mapa cultural de México tendrá dos centros. Esa es la visión compartida que este tiempo exige.

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