Opinión

Cómo decirle a tu jefe que está equivocado sin que te despidan

Impacto en los negocios. Por: Mario Elsner.

Opinión | 06/10/2026| 20:45

Te acompaño al siguiente nivel de los negocios

Estás sentado en una comida con varias personas y de pronto lo notas: la persona que tienes enfrente trae el cierre del pantalón abajo. Para complicarlo un poco más, imaginemos que no es cualquier persona, sino tu jefe, un cliente importante o alguien a quien acabas de conocer y con quien, por supuesto, quieres quedar bien.

Hace treinta segundos estabas comiendo tranquilamente y ahora tienes un problema que ni siquiera es tuyo.

Podrías no decir nada y dejar que siga caminando por el restaurante así. También podrías resolverlo inmediatamente con un sonoro: “Oye, traes el cierre abajo”, aunque probablemente conseguirías que todos los presentes dirigieran la mirada al mismo lugar. O podrías esperar unos segundos, acercarte discretamente y avisarle sin convertir un pequeño error en el espectáculo de la comida.

En los tres casos la verdad es exactamente la misma: el cierre está abajo. Lo único que cambia es qué haces tú con esa verdad.


Y, aunque parezca absurdo, algo muy parecido ocurre todos los días en las empresas cuando descubrimos que nuestro jefe está equivocado.

Estás en una junta, escuchas una propuesta y ves el problema clarísimo. Quizá conoces mejor al cliente, tienes información que él no tiene o sabes por experiencia que lo que acaba de pedir difícilmente va a funcionar. Sin embargo, antes de abrir la boca aparece esa maravillosa calculadora política que muchos desarrollamos después de algunos años en el mundo corporativo: ¿se lo digo?, ¿cómo se lo va a tomar?, ¿va a pensar que lo estoy retando?, ¿realmente vale la pena meterme en esto?

Y muchas veces elegimos la opción aparentemente más segura: callarnos.

El problema es que callarnos también es una decisión. Es como ver el cierre abajo y pensar: “No es mi pantalón”. Técnicamente tienes razón, hasta que llegan con el cliente, algo sale mal y entonces todos empiezan a preguntarse cómo fue posible que diez personas vieran el problema y ninguna dijera nada.

Durante muchos años confundimos al buen empleado con el que obedecía. El jefe decía, nosotros ejecutábamos y, si las cosas salían mal, siempre quedaba aquella extraordinaria defensa corporativa: “Yo hice lo que me pidieron”. Esa es una de las herencias de lo que yo llamo la Escuela del Liderazgo Jurásico: premiar la obediencia incluso cuando alguien podía ver que íbamos directo contra la pared.

Pero tampoco creo que la solución sea convertirnos en el empleado que cuestiona absolutamente todo y disfruta demostrando que su jefe está equivocado. Ser incómodo no es eso. El reto está en aprender a disentir sin convertir cada diferencia en una lucha de egos.

Con los años encontré una regla que me sirve muchísimo: protege su dignidad, pero no lo protejas de la verdad.

Si puedes hablarlo en privado, hazlo. Si puedes llevar datos en lugar de opiniones, mejor todavía. Y en vez de entrar con un “estás equivocado”, puedes decir algo tan sencillo como: “Hay algo que estoy viendo diferente y me preocupa que se nos esté escapando”. A partir de ahí explicas qué estás viendo, por qué puede convertirse en un problema y qué alternativa propondrías.

La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la conversación porque ya no estás intentando demostrar quién tiene razón; estás ayudando a tomar una mejor decisión.

Por supuesto, tu jefe puede no estar de acuerdo. Puede defender su postura e incluso decidir continuar exactamente como había planeado. Tu responsabilidad no es conseguir que siempre te haga caso, sino asegurarte de que no tome una decisión importante sin conocer algo que tú sí estabas viendo.

Para mí, ahí empieza una parte mucho más interesante del liderazgo incómodo, porque ser incómodo no significa buscar pleito ni decir todo lo que piensas como lo piensas. Significa desarrollar el criterio para saber qué vale la pena decir, encontrar la forma de decirlo sin destruir la relación y tener el valor de sostener la conversación, aunque la otra persona tenga más poder que tú.

Y hay otra cara de esta historia que quizá sea todavía más incómoda. Cuando tú seas el jefe, tendrás que construir un entorno donde alguien pueda acercarse y decirte: “Mario, creo que aquí estamos equivocados”, sin sentir que esa misma tarde debería empezar a actualizar su currículum.

Porque podemos llenar las empresas de discursos sobre innovación, pensamiento crítico y equipos empoderados, pero la verdadera prueba llega el día en que alguien cuestiona nuestra propia idea.

Así que esta semana te dejaría dos preguntas. Si eres parte de un equipo, piensa en aquello que estás viendo y no te has atrevido a decir por miedo a incomodar. Y si hoy eres quien está a cargo, pregúntate cuándo fue la última vez que alguien de tu equipo te dijo que estabas equivocado y tú realmente lo escuchaste.

Porque si nadie lo ha hecho en los últimos seis meses, solo veo dos posibilidades: o eres un genio extraordinario que nunca se equivoca… o tu equipo ya aprendió que contigo sale mucho más barato dejarte caminar con el cierre abajo.

Y esa segunda posibilidad sí debería incomodarnos.

Ser incómodo es el nuevo liderazgo.

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