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La ciudad que enterró sus aguas

En la opinión de Andrés Semo Documentalista

Opinión | 27/07/2026| 21:40

A comienzos del siglo XX, los antiguos canales de la cuenca de México aún respiraban como vestigios funcionales de un paisaje lacustre milenario.

Estas arterias de navegación alguna vez productivas, fértiles y profundamente integradas a la vida cotidiana contrastaban con el impulso modernizador que empezaba a redefinir el territorio bajo una nueva premisa: el agua como obstáculo.

En pocas décadas, el paisaje de acequias y embarcaderos cedió terreno a calles pavimentadas, fábricas y colonias en expansión que desdibujaron siglos de convivencia hidráulica.

La Ciudad de México, hoy una de las metrópolis más pobladas y con mayor estrés hídrico del planeta, se consolidó en buena medida sobre la negación sistemática de su geografía original.

Durante siglos, la capital fue una urbe anfibia organizada en torno a una compleja red de canales y acequias que sostenía una intensa economía de circulación.

Desde Xochimilco, los productos agrícolas navegaban por el canal de La Viga y la acequia de Roldán hasta La Merced, consolidando este punto como uno de los núcleos comerciales más dinámicos del valle.

La actividad mercantil no era un fenómeno aislado, sino la expresión directa de un paisaje hidráulico plenamente funcional. Con la progresiva desecación de la cuenca, esa memoria hídrica quedó reducida a vestigios toponímicos: La Viga, La Candelaria, Santa Anita, que hoy sobreviven como estelas de una ciudad que alguna vez se desplazó cotidianamente sobre el agua.

La transformación alcanzó su expresión más visible con la construcción del Sistema de Transporte Colectivo Metro. Paradójicamente, la red subterránea atraviesa hoy las zonas donde, en época lacustre, circulaban diariamente más de sesenta mil canoas.

El 4 de septiembre de 1969, el presidente Gustavo Díaz Ordaz y el regente capitalino Alfonso Corona del Rosal inauguraron el primer tramo entre Chapultepec y Zaragoza.

Desde entonces, el Metro se ha convertido en la columna vertebral de la movilidad metropolitana: una red de 12 líneas, 195 estaciones y más de 226 kilómetros que atiende diariamente a millones de usuarios.

Un elemento distintivo del sistema es la señalética diseñada por Lance Wyman, discípulo de Pedro Ramírez Vázquez. Su lenguaje ideográfico concebido para facilitar la orientación en una ciudad con altos índices de analfabetismo funcional en los años sesenta constituye hoy uno de los programas de diseño urbano más reconocibles de América Latina.

Sin embargo, bajo esta infraestructura moderna persiste la huella física del antiguo sistema lacustre. Se estima que cerca del 85 % de la red del Metro se ubicaría bajo lo que fueron las aguas de la cuenca.

Ingenieros mexicanos han señalado que la estación Chabacano de la Línea 2 coincide aproximadamente con el límite sur de la isla de México-Tenochtitlan.

En la actualidad, la habitabilidad de la metrópoli depende críticamente del mantenimiento y modernización del transporte público para responder a las necesidades de movilidad de una aglomeración que supera los 21 millones de habitantes, considerando la población flotante.

Al mismo tiempo, las aguas que antes recorrían la ciudad han sido confinadas a ductos, entubadas o completamente desecadas. Los antiguos ríos de la cuenca como Churubusco, La Piedad, ó De los Remedios, sobreviven principalmente en la nomenclatura de avenidas congestionadas, recordatorios lingüísticos de una geografía suprimida.

El saneamiento hídrico contemporáneo exige medidas estructurales y también compromisos colectivos. La sobreexplotación del acuífero, la descarga de residuos en el drenaje y la impermeabilización extensiva del suelo agravan un sistema ya de por sí vulnerable.

Entre las estrategias prioritarias se encuentra la captación de agua pluvial a escala doméstica y urbana, así como la recuperación de corredores hidráulicos históricos.

En este contexto, la rehabilitación del Canal Nacional representa un gesto de reconciliación entre la ciudad y su geografía negada.

Más que un proyecto paisajístico aislado, se trata de una intervención que busca devolver permeabilidad, continuidad ecológica y espacio público a una metrópoli profundamente tensionada por su propia expansión. Reimaginar la metrópoli desde su origen lacustre no es un ejercicio nostálgico, sino una necesidad estratégica.

Asumir esa condición histórica implica reconocer que el futuro urbano de la capital dependerá, en buena medida, de su capacidad para reconciliar ingeniería, ecología y memoria territorial.

Xochimilco preserva la zona lagunar como elemento vital y colectivo del territorio al sur de Ciudad de México, donde el Canal Nacional y los cuerpos de agua conforman una continuidad histórica.

Durante siglos, esta red hidráulica sostuvo el abastecimiento, la movilidad y la producción agrícola mediante un paisaje de chinampas, acequias y embarcaderos que articulaban comunidades y mercados. Con el avance de la urbanización, las aguas fueron progresivamente confinadas, rectificadas y, en amplios tramos, sepultadas, mientras que esta zona agrícola anfibia en la que actualmente se cultivan calabaza, tomate, maíz y amaranto, resistió como vestigio vivo de la otrora ciudad lacustre.

In quexcquichcauh maniz cemanahuac, aic tlamiz, aic polihuiz, in itenyo, in itauhca Mexico Tenochtitlan
En tanto que dure el mundo, no acabará, no perecerá la fama, la gloria de México Tenochtitlan
Verso mexica atribuido a Tenōch o a Cuauhtemoctzin, Cuauhtémoc, recuperado por el historiador mexica, Domingo Francisco de San
Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, en Memorial breve acerca de la fundación de la ciudad de Culhuacán, c 1606-1631

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