
El Mundial se acabó, regresamos a la rutina de siempre. Y aunque no soy el más futbolero del mundo, cabe aclarar, sentí algo este Mundial, especialmente cuando jugaba México. Se trata de esa sensación de unidad y de orgullo nacional. Además, por al menos 90 minutos, los problemas del país y las divisiones que se tienen se esfumaban. A ese sentimiento se le llama nacionalismo.
George Orwell, escritor de la novela 1984 y de Rebelión en la Granja, escribió un artículo en diciembre de 1945, referente a una serie de partidos que jugaron equipos ingleses contra un equipo soviético en aras de mejorar la relación entre ambos países. Desgraciadamente, dos de los cuatro partidos acabaron en peleas a puños y en reproches entre ambos equipos.
Lo que destaca el autor no es tanto el comportamiento de los equipos, sino cómo los aficionados se comportan alrededor del deporte. Aunado a esto, Orwell sostiene que la “virtud nacional” se mide en lo que logra el equipo en la competición, que un país se siente en lo más alto cuando gana y que se deteriora su estatus al momento de perder.
Asimismo, simplifica que, en este caso el fútbol, es una guerra entre dos naciones, pero sin armas. Creo que en parte tiene razón. La FIFA tiene en su repertorio de partidos considerados “partidos de alto riesgo”; como por ejemplo Francia vs. Argelia, Israel vs. Egipto, España vs. Gibraltar, Ucrania vs. Rusia, Estados Unidos vs. Irán y Argentina vs. Inglaterra. Todos ellos son catalogados como tal por diversos conflictos activos o disputas históricas.
La FIFA hace todo lo posible porque no se den estos encuentros bajo ninguna circunstancia, pero hay ocasiones en las que la suerte y el azar hacen imposible que no sucedan. En este Mundial, por ejemplo, vimos el Argentina vs. Inglaterra, donde las tensiones se remontan a la Guerra de las Malvinas, conflicto que enfrentó a ambas naciones durante 74 días, resultando victoriosos los británicos.
Antes del partido, el director técnico de la albiceleste comentó que “solo era un partido, solo eso, un partido” ¿Cómo va a ser solo un partido, si ganarle a Inglaterra sería una reivindicación histórica para Argentina? Claro que no es “solo un partido”. Ejemplo de ello es que, al final del mismo, los seleccionados argentinos desplegaron una manta que decía “Las Malvinas son argentinas”.
Al día siguiente, el exprimer ministro inglés, Keir Starmer, declaró: “Puede que la Copa (del mundo) no regrese a casa, pero las Malvinas son inglesas”. Por su parte, el presidente de Argentina, Javier Milei, dijo que hará todo lo necesario para recuperar las islas que les arrebataron. Es evidente que se abrió una herida que era mejor no tocarla, todo por un partido de fútbol.
Además de avivar conflictos, el Mundial tiene muchos otros propósitos. Sirve para visibilizar la riqueza cultural de muchos países, como fue el caso de México; o para usarlo como plataforma política, como lo hizo durante todo el torneo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pero, sobre todo, sirve para hermanar países que están divididos, porque no hay nada que nos una más que la “virtud nacional”, la cual depende de 26 seleccionados que, si ganan, nos hacen grandes, y si pierden, nos hacen pequeños. Puede que Orwell no estuviera tan equivocado después de todo.




