Opinión

Y se terminó

El Momento Rudo por Juan Pablo Rivera

Opinión | 19/07/2026| 21:40

Después empezamos a contar puntos.

Luego rivales.

Después goles.

Y sin darnos cuenta, llegó el momento que ningún aficionado quiere aceptar.

El Mundial terminó.

Y con él se fue esa hermosa costumbre de despertar sabiendo que habría fútbol todos los días.

Porque hay algo mágico en una Copa del Mundo.

Durante un mes dejamos de organizar la agenda alrededor del trabajo.

La organizamos alrededor de los partidos.

Las comidas cambiaron de horario.

Las reuniones empezaron con una pregunta.

“¿Ya viste cómo quedó el partido?”.

Y todos, absolutamente todos, teníamos una opinión.

Eso hace único al Mundial.

Convierte a millones de personas en analistas, entrenadores, árbitros y estrategas sin importar si el resto del año ven fútbol o no.

También nos dejó lecciones.

Algunas predicciones se cumplieron.

Otras terminaron hechas pedazos desde la primera jornada.

Porque una vez más quedó demostrado que los nombres pesan… pero no juegan.

Hubo selecciones que confirmaron por qué eran favoritas.

Y otras que decidieron escribir la historia más bonita del torneo convirtiéndose en las sorpresas que nadie esperaba.

Ese siempre será el mayor encanto del fútbol.

Que durante noventa minutos desaparecen los presupuestos.

Las estadísticas.

Los pronósticos.

Solo queda el valor de competir.

Y si algo nos dejó esta Copa del Mundo fue precisamente eso.

La sensación de que cualquiera puede construir una página inolvidable si decide jugar sin miedo.

Claro que también hubo cosas que, siendo sinceros, no vamos a extrañar.

Las eternas pausas de hidratación.

Esos minutos donde el partido perdía ritmo justo cuando parecía encenderse.

Sirvieron para cuidar a los futbolistas en condiciones extremas.

Pero también nos recordaron que hay decisiones necesarias que no siempre resultan emocionantes para el espectáculo.

Y mientras unas costumbres desaparecerán con el torneo, otras permanecerán para siempre.

Porque este Mundial también significó el adiós de una generación irrepetible.

Muy probablemente vimos por última vez en una Copa del Mundo a Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modrić, Neymar, Guillermo Ochoa y Mohamed Salah.

Jugadores que marcaron una época.

Que hicieron discutir a generaciones enteras.

Que nos regalaron goles, atajadas, asistencias, lágrimas y recuerdos que difícilmente volverán a repetirse.

Ningún Mundial solo despide futbolistas.

Despide etapas.

Despide la versión de nosotros que los vio crecer.

Porque mientras ellos cerraban un capítulo, nosotros también entendíamos que el tiempo había pasado.

Y quizá esa sea la parte más nostálgica.

No despedimos únicamente a grandes figuras.

Nos despedimos de una parte de nuestra propia historia como aficionados.

Pero así funciona el deporte.

Cuando una generación baja el telón, otra ya está calentando para entrar al escenario.

Nuevos héroes.

Nuevos villanos.

Nuevas historias.

Porque el futbol nunca deja vacío el lugar de las leyendas.

Simplemente cambia de protagonistas.

Y aunque mañana volvamos a la rutina, aunque los estadios recuperen el silencio y las conversaciones regresen a otros temas, hay algo que permanecerá intacto.

Los recuerdos.

Porque los Mundiales duran un mes.

Pero las emociones…

esas duran toda la vida.

Hace apenas unas semanas estábamos contando los días para la inauguración.

Después empezamos a contar puntos.

Luego rivales.

Después goles.

Y sin darnos cuenta, llegó el momento que ningún aficionado quiere aceptar.

El Mundial terminó.

Y con él se fue esa hermosa costumbre de despertar sabiendo que habría fútbol todos los días.

Porque hay algo mágico en una Copa del Mundo.

Durante un mes dejamos de organizar la agenda alrededor del trabajo.

La organizamos alrededor de los partidos.

Las comidas cambiaron de horario.

Las reuniones empezaron con una pregunta.

“¿Ya viste cómo quedó el partido?”.

Y todos, absolutamente todos, teníamos una opinión.

Eso hace único al Mundial.

Convierte a millones de personas en analistas, entrenadores, árbitros y estrategas sin importar si el resto del año ven fútbol o no.

También nos dejó lecciones.

Algunas predicciones se cumplieron.

Otras terminaron hechas pedazos desde la primera jornada.

Porque una vez más quedó demostrado que los nombres pesan… pero no juegan.

Hubo selecciones que confirmaron por qué eran favoritas.

Y otras que decidieron escribir la historia más bonita del torneo convirtiéndose en las sorpresas que nadie esperaba.

Ese siempre será el mayor encanto del fútbol.

Que durante noventa minutos desaparecen los presupuestos.

Las estadísticas.

Los pronósticos.

Solo queda el valor de competir.

Y si algo nos dejó esta Copa del Mundo fue precisamente eso.

La sensación de que cualquiera puede construir una página inolvidable si decide jugar sin miedo.

Claro que también hubo cosas que, siendo sinceros, no vamos a extrañar.

Las eternas pausas de hidratación.

Esos minutos donde el partido perdía ritmo justo cuando parecía encenderse.

Sirvieron para cuidar a los futbolistas en condiciones extremas.

Pero también nos recordaron que hay decisiones necesarias que no siempre resultan emocionantes para el espectáculo.

Y mientras unas costumbres desaparecerán con el torneo, otras permanecerán para siempre.

Porque este Mundial también significó el adiós de una generación irrepetible.

Muy probablemente vimos por última vez en una Copa del Mundo a Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Luka Modrić, Neymar, Guillermo Ochoa y Mohamed Salah.

Jugadores que marcaron una época.

Que hicieron discutir a generaciones enteras.

Que nos regalaron goles, atajadas, asistencias, lágrimas y recuerdos que difícilmente volverán a repetirse.

Ningún Mundial solo despide futbolistas.

Despide etapas.

Despide la versión de nosotros que los vio crecer.

Porque mientras ellos cerraban un capítulo, nosotros también entendíamos que el tiempo había pasado.

Y quizá esa sea la parte más nostálgica.

No despedimos únicamente a grandes figuras.

Nos despedimos de una parte de nuestra propia historia como aficionados.

Pero así funciona el deporte.

Cuando una generación baja el telón, otra ya está calentando para entrar al escenario.

Nuevos héroes.

Nuevos villanos.

Nuevas historias.

Porque el futbol nunca deja vacío el lugar de las leyendas.

Simplemente cambia de protagonistas.

Y aunque mañana volvamos a la rutina, aunque los estadios recuperen el silencio y las conversaciones regresen a otros temas, hay algo que permanecerá intacto.

Los recuerdos.

Porque los Mundiales duran un mes.

Pero las emociones…

esas duran toda la vida.

Artículos Relacionados

Back to top button