Opinión

¿Cómo convences al mundo de venir a tu casa cuando todavía estas recogiendo los escombros?

El Momento Rudo por Juan Pablo Rivera

Opinión | 28/06/2026| 20:53

Hay películas que hablan de fútbol.

Y hay películas que hablan de México.

México 86 habla de las dos cosas.

Pero, sobre todo, habla de algo que los mexicanos conocemos muy bien: la capacidad de encontrar caminos cuando parece que ya no queda ninguno.

Porque hay que recordar el contexto.

Apenas unos meses antes del Mundial, México había sido golpeado por el devastador terremoto de 1985.

Un país herido.

Una ciudad llena de cicatrices.

Familias reconstruyendo su vida.

Y en medio de todo eso apareció una pregunta casi imposible:

¿De verdad podemos organizar una Copa del Mundo?

La lógica decía que no.

La realidad económica tampoco ayudaba.

Y, sin embargo, México hizo lo que tantas veces ha hecho a lo largo de su historia.

Encontró la manera.

Porque los mexicanos tenemos algo muy particular.

No siempre tenemos los mayores recursos.

Pero rara vez nos falta imaginación.

Improvisamos.

Inventamos.

Nos adaptamos.

Y cuando las circunstancias aprietan, la creatividad se convierte en una herramienta de supervivencia.

Así ocurrió con aquel Mundial.

La FIFA encontró en México algo más valioso que la perfección.

Encontró voluntad.

Encontró pasión.

Encontró un país dispuesto a demostrarle al mundo que aún en medio de la adversidad era capaz de abrir sus puertas.

Y eso terminó convirtiéndose en un acto de identidad nacional.

Porque México ya había sido sede en 1970.

Pudo haberse conformado con ese recuerdo.

Pero quiso más.

Quiso volver a demostrar que el fútbol también puede ser una forma de reconstrucción.

Que un evento deportivo puede convertirse en un símbolo de esperanza.

Y lo logró.

Aquel Mundial dejó imágenes eternas.

Estadios llenos.

Calles vibrando.

Familias enteras reunidas alrededor de un televisor.

Un país que, por un momento, encontró una razón más para creer.

Por eso la película resulta tan poderosa.

Porque en realidad no habla únicamente de fútbol.

Habla de la capacidad de un pueblo para levantarse.

De la extraña costumbre que tenemos los mexicanos de convertir las dificultades en oportunidades.

De nuestra necesidad de seguir adelante incluso cuando el panorama parece imposible.

Y ahora, cuarenta años después, la historia vuelve a tocar nuestra puerta.

México es sede de una Copa del Mundo por tercera vez.

Ningún otro país puede decir eso.

Tres Mundiales.

Tres oportunidades de recibir al planeta entero.

Tres ocasiones para demostrar algo que quizá ya sabíamos desde hace mucho.

Que los mexicanos somos anfitriones extraordinarios.

Porque aquí la gente no solo viene a ver partidos.

Viene a vivir experiencias.

A comer, a cantar, a abrazar desconocidos y a sentir que por unas semanas pertenece a esta tierra.

Eso es lo que hace diferente a México.

No la infraestructura.

No los estadios.

No los números.

La gente.

Su capacidad de hacer sentir en casa a cualquiera.

Por eso, al ver México 86, uno entiende que el verdadero legado de aquel Mundial no fueron los goles ni las fotografías.

Fue la demostración de que un país golpeado pudo ponerse de pie y decirle al mundo: “Todavía estamos aquí”.

Y quizá esa sea la mejor definición de México.

Un país que siempre encuentra la manera.

Aunque parezca imposible.

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