Opinión

La otra guerra

José Miguel Martínez

Mientras Estados Unidos e Israel no paran de bombardear Irán, e Irán no deja de atacar bases militares estadounidenses y de sus aliados en todo Medio Oriente, hay una guerra que se libra de manera silenciosa y que puede definir el rumbo del conflicto: la guerra mediática.

En la Segunda Guerra Mundial, la maquinaria de propaganda, tanto de los alemanes como de los estadounidenses, trabajaba a marchas forzadas para darle a su población y al resto del mundo una visión clara de quiénes eran los malos y los buenos. Tanto Estados Unidos como Alemania utilizaban el cine, la radio y la televisión para “compartir” su manera de ver el mundo y al enemigo.

Algo similar ocurrió durante la Guerra Fría con la Unión Soviética y Estados Unidos. Sus maquinarias de propaganda trabajaban a todo vapor para lograr que países y personas se alinearan con su manera de entender el mundo. Las dos superpotencias utilizaban todo lo que estaba a su alcance: desde medios como el periódico, la televisión y la radio hasta la academia y el deporte. Sin embargo, gran parte de esa información estaba controlada por el Estado.

Estados Unidos siempre ha sido una gran máquina de producción propagandística. Basta con pensar en muchas de las películas donde los soviéticos, los alemanes o los japoneses aparecen como los villanos, mientras que los estadounidenses salvan al mundo de cualquier amenaza imaginable, desde invasiones alienígenas hasta desastres naturales globales. También se repite constantemente la idea de que el sueño americano se cumple siempre que uno se esfuerce lo suficiente. Todo esto forma parte de la propaganda y la narrativa de un Estado para influir en el mundo, lo que se conoce como poder suave.

Sin embargo, esta inmensa maquinaria de propaganda no contaba con que los tiempos cambiarían. Hoy en día, lo que dice el Estado ya no es tan determinante como antes. Aunque la versión oficial todavía puede ser relevante, gracias a las redes sociales también puede ser rápidamente cuestionada o desmentida.

Pongamos el ejemplo de la escuela que fue bombardeada por Israel y Estados Unidos en el primer día de la guerra contra Irán. El hecho rápidamente causó indignación pública y el enojo de muchas personas que siguen este conflicto. Poco después, tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu salieron a desmentir lo ocurrido. Sea cierto o no, lo que queda claro es que la opinión pública ya había juzgado el acto, sin importar lo que dijeran los medios oficiales.

Israel ya enfrentaba un grave problema mediático y de imagen desde el inicio de la guerra en Gaza. La indignación generada por las atrocidades cometidas allí terminó pesando más que la narrativa oficial del Estado.

Durante mucho tiempo, Estados Unidos e Israel estuvieron acostumbrados a controlar una única versión oficial. Pero esta guerra les está demostrando que las personas, a través de las redes sociales, pueden cuestionar esa narrativa. No importa cuánto se intente censurar o cuánto ignoren el tema las grandes cadenas de televisión: la realidad puede ser mucho más compleja que un simple comunicado oficial.

Hoy existen millones de cámaras que graban en tiempo real cómo se desarrolla una guerra que, para muchos, no tiene sentido y que ha puesto en el ojo público las atrocidades del conflicto.

Israel, además, estaba muy acostumbrado a presentarse como víctima en casi todos los conflictos. El argumento solía ser que Hamás atacó primero y que, por lo tanto, el Estado debía usar toda su fuerza para destruir a la organización; o que Irán había gritado en múltiples ocasiones “muerte al Estado de Israel”, lo que justificaba un ataque preventivo.

Lo que quizá no previeron es que el papel de víctima se vuelve más difícil de sostener cuando millones de personas pueden cuestionar las acciones del Estado a través de videos e imágenes que consumen desde sus celulares minuto a minuto. En una guerra transmitida casi en tiempo real, la percepción puede cambiar rápidamente: quien ayer parecía víctima, hoy puede ser visto como victimario.

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