Opinión

Solo pasa la curva

Mario Elsner

Viajábamos los tres Marios: mi papá, mi abuelo y yo.

Íbamos de Chetumal a la Ciudad de México en carretera, turnándonos el volante, con un coche lleno de maletas, cobijas, tamales envueltos y ganas de ver a los amigos de la generación de mi papá.

Yo tendría unos 13 años, pero ya me sentaba adelante.

Siempre fui muy inquieto, así que cada hora pedía parar en la gasolinera o en la tiendita del camino. Y mi papá siempre decía lo mismo:

—Aguántate, hijo. Solo pasa la curva.

—¿Cuál curva?

—Esa… la que viene ahí. Solo pasa esa… y paramos.

Pero nunca era solo una.

Después de esa, venía otra. Y luego otra más.

Mi abuelo lo miraba con una sonrisa de esas que dicen mucho sin decir nada.

Y yo, molesto, aprendí a esperar. Pero también empecé a notar algo: había un momento —no siempre, pero sí muchas veces— en que efectivamente valía la pena esperar.

A veces venía una gasolinera más limpia. A veces una zona más segura. A veces una vista más bonita.

Y entonces parábamos… y todo tenía sentido.

Esa frase se me quedó grabada.

No porque fuera literal, sino porque —años después— me di cuenta de que la vida también se maneja así.

Hay etapas donde te dan ganas de soltar todo.

Hay semanas en las que no ves claridad, ni ritmo, ni respuestas.

Hay días donde solo quieres salirte del coche y decir: “hasta aquí llegué”.

Pero justo ahí… a veces lo mejor que puedes hacer no es acelerar ni frenar en seco.

Es simplemente aguantar una curva más.

Porque no todas las curvas son señales para cambiar de rumbo.

A veces son solo parte del camino.

Y no estoy diciendo que siempre haya que aguantar.

Tampoco creo en el “échale ganas” vacío.

Lo que sí he aprendido —y enseño hoy a cientos de líderes— es que no todo cambio requiere más fuerza. A veces requiere más conciencia.

Liderar con impacto no siempre es acelerar. A veces es resistir sin romperse… solo hasta que pase la curva.

Hoy me toca ver eso todos los días.

Gente que lidera equipos, negocios, vidas familiares.

Personas brillantes que dudan de sí mismas cuando la niebla aprieta.

Y ahí es donde más sirve recordar algo simple, pero poderoso:

Hay decisiones que se ven mejor… después de la curva.

Hay soluciones que se aclaran… cuando baja la pendiente.

Hay tormentas que se disipan… si no te rompes antes.

No todo requiere un volantazo.

A veces, lo valiente no es cambiar todo. Es no quebrarte justo antes de lo mejor.

Y ahora que soy yo quien lleva el volante, a veces me descubro diciéndole a alguien más —con voz tranquila, y un poco de esa sabiduría heredada—:

—Solo pasa la curva. Ya casi llegamos.

Te acompaño al siguiente nivel de los negocios.

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