Un buen padre

Rosely E. Quijano León
Acabo de darme cuenta, al terminar de leer “La figura del mundo” de Juan Villoro, que inconscientemente he leído varios libros que tratan sobre la paternidad. No los he buscado intencionalmente, pero tal vez alguna espina de la infancia despierta mi curiosidad por saber cómo son o cómo fueron los papás de los demás.
En ese ensayo el autor habla de su padre Luis Villoro Toranzo quien fue un filósofo e intelectual de gran relevancia en el siglo XX; convivió con otras grandes figuras de la intelectualidad mexicana, y participó activamente con los zapatistas, y directamente con el comandante Marcos.
La forma en que su hijo disecciona la figura que él tuvo de su padre nos permite conocer mucho de la vida intelectual y social del siglo pasado: la política, los escritores, el mundo académico y universitario, pero también del fútbol, las utopías y el deseo inquebrantable de cambiar el mundo.
Sin embargo, el personaje que trascendió como una de las principales figuras intelectuales del siglo pasado, a la par de otros como Octavio Paz, finalmente también fue un padre y, dice el autor, “ser hijo significa formar parte del ensayo y del error, los borradores que llevan a la versión que la posteridad juzgará definitiva.”
Una de mis mejores amigas, hija de uno de los periodistas más reconocidos y apreciados aquí en Yucatán, alguien que dejó huella y a quien le tuve un enorme cariño, casi como a un padre, quien me impulsó a escribir y me guio en muchas ocasiones con sus consejos, una vez me dijo que la imagen que yo tenía de él no era la misma que como hija ella tenía. Sin embargo, sentía un gran orgullo que su padre fuera visto y recordado con tanta admiración y cariño.
Ahí comprendí que, efectivamente, la versión que tenemos de nuestros padres, con sus aciertos y errores, es solo eso, una versión de lo que nos tocó vivir junto con ellos. En la novela “El olvido que seremos”, Héctor Abad Faciolince narra el trágico final de su padre, un médico activista colombiano quien fue asesinado en Medellín en 1987.
Una novela profundamente conmovedora, escrita, como él mismo lo afirma, porque como niño no quería que su padre muriera nunca, y como escritor quiso hacer algo imposible, que su padre resucitara, porque es verdad que, al fin y al cabo, “todos estamos destinados al polvo y al olvido”.
Escribir sobre los padres de la vida real se ha vuelto una forma de no dejarlos en el olvido. Así lo hizo igual Jorge Volpi en “Examen sobre mi padre”, un ensayo donde habla del médico, pero también de un análisis profundo sobre el país en el que vivimos. Volpi también nos confronta con algo muy real, “algunos de nuestros recuerdos más entrañables -ese instante crucial de nuestra infancia o ese momento que cambió para siempre nuestras vidas- en realidad pudo no haber ocurrido como lo recordamos o no haber ocurrido del todo”.
Y entonces dudo si esos días de mi infancia cuando acompañaba a mi papá a su oficina y me dormía recostada detrás de él en su sillón caoba mientras él trabajaba en su escritorio, o las veces que me llevó para supervisar las obras, y yo era muy feliz, son producto de ese engaño.
Tal vez sea así, porque llevo años buscando una fotografía que recuerdo me tomó frente a su oficina, para agotar el rollo de su cámara desechable y tener la foto que realmente necesitaba, en la que le sonreía desde adentro de su auto; tal vez ese momento que yo recuerdo muy divertido nunca existió porque la foto no aparece por ningún lado.
Al fin y al cabo, estos libros no tratan de retratar a un buen padre, sino al que fue para sus hijos, simple y llanamente. Si alguna vez yo escribiera sobre el mío seguramente lo haría desde muchos recuerdos como el de la foto que ahora Volpi me ha hecho dudar de su existencia. Lo que sí sé con certeza es que mi padre es un hombre noble, que se preocupó tanto en ayudar a los demás que se olvidó de él mismo, y que escribir sobre los padres no es nada fácil.



